Textos Perdidos

AQUELLA GOTA ROJO CARMESÍ

Nos embriagábamos cada noche como si se tratara de la última, como si no fuéramos a llegar al amanecer, como si transcurrieran las últimas horas en las que sentiríamos nuestro último aliento, y nos desvaneciéramos al compás del humo de velas que iban apurando los segundos nocturnos que robaban a la alborada.

 

Transité por todos los lugares imaginables y por los que jamás pensarías que habría pisado hombre alguno, por aquellos en los que hay una fina línea que separa la razón de la sinrazón.

Y con la única premisa de llenarme de placer, de alimentar este cuerpo que ni es tuyo ni es mío, que pertenece al tiempo. Quise ser muchas cosas y las fui; un mendigo con zapatos de charol en la gran vía de Paris; un encantador de serpientes en un pueblo de Albacete; un inventor de palabras en “La Torre de Babel” (un café de una callejuela de Buenos Aires); un cazador de sueños a las puertas de las iglesias; un importante hombre de negocios en Kuala Lumpur; un asesino de alacranes en el desierto de Durango; un artista enamorado que esculpe versos por playas de Cartagena de Indias; un bailarín de danzas exóticas en los arrabales de Macondo…

Quise tener muchas cosas y las tuve; un cadillac plateado que jugaba a serpentear con las blancas líneas, en carreteras de ciudades olvidadas; una pluma sin tinta, con nombre de mujer, que en su rasguear murmuraba legendarias historias de hombres enamorados; una casa frente al mar, hogar de amaneceres borrachos, junto a una playa de fina arena blanca donde las olas susurran sonidos de antaño; un tango que acompaña como un amante, en ocasiones despechado, en otras lujurioso y en otras cautivado…

 

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Quise ver muchas cosas y las vi: atardeceres soñados, en gasolineras de carretera, que encendían el motor de la imaginación y adormecían el de mi auto; una gota de lluvia que se paseaba exultante por los entresijos de su cuerpo, tatuando el aroma de rocío en su piel; tus ojos clavados en los míos diciéndome la verdad de lo que con tu boca contradices… Emborrache mi alma en los cabarets de cada una de las ciudades que pisé, noches derrochadas en alcoholes insuficientes con los de siempre, hasta el último son del último baile. Entonces sucedía constantemente lo mismo…

 

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– ¿Qué es lo que sucedía? – interrumpiste mi silencio animándome a seguir una conversación, en la que por un momento creí que estaba sólo con mis pensamientos. – ¿Qué sucedía? – insististe. Te miré dudando en si seguir o no seguir detallando lo que en ese momento pasaba por mi cabeza, mientras deslizabas delicadamente la yema de tu dedo por el borde de una copa medio llena, al mismo tiempo que me observabas con calma.

–Aún pienso en el primer viaje. Durante todos estos años se ha repetido en mi memoria como un compañero fiel, es el único que vive conmigo, que amanece y se acuesta conmigo – proseguí

–No comprendo – dijiste dejando al mismo tiempo la copa medio vacía sobre la mesa.

–Todavía puedo sentir los nervios como se aferran a mi estómago, las incoherentes dudas antes de partir, la excitación antes del vuelo para cruzar al otro lado del mundo con la incertidumbre de si encontraría lo que más deseaba, y deseo. Entonces te conocí. No sé si recordarás. Allí estaba en un lugar desconocido como un niño desorientado sin saber qué hacer ni dónde ir. De repente apareciste como un ángel sabiendo exactamente lo que tenías que hacer para calmar mis miedos. Cogiste mi mano. ¿Recuerdas? – pregunté mientras te aferrabas a esa copa de nuevo llena. –Me llevaste a cada uno de los lugares que debía conocer enseñándome olores, sabores y colores nuevos, en el mismo momento que tu mano rozó la mía ya no extrañe nada.

 

Hasta que una fatídica noche sucedió algo inesperado. Estabas aún más radiante que ninguna de las otras noches, apenas maquillada, con esa sonrisa que aún recuerdo, el brillo de tus labios, tus ojos esquivos, y una botella de vino que ibas apurando con deleite mientras conversábamos. Una atrevida gota de color carmesí rozaba tus labios, que permanecía en ellos retandome a beberla, a saborearla. Fue entonces cuando probé y sentí ese primer sabor a ti, el primer beso como una gota de vino color carmesí. Hasta que… Desapareciste como esa gota en mi boca.

 

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Desde entonces te he buscado en cada uno de mis días y de mis noches, en el cielo y en el infierno. Después de tanto buscar sin encontrarte, sucumbí a placeres que no imaginas tratando de olvidarte. Y es cuándo sucedía constantemente lo mismo. Nada lograba llenar ese vacío que sentía, y me encontraba solo sin ti, sin esa gota, sin ese beso. Ni siquiera al vino para ahogar en mis recuerdos. Entonces cerraba los ojos y soñaba con el momento que volvería a tenerte, tan radiante como siempre… Como en este mismo instante, en el que de nuevo clavas tus ojos en los míos diciéndome la verdad de lo que con tu boca contradices. –

Al terminar de pronunciar estas palabras, una gota rojo carmesí acarició tus labios retándome de nuevo a besarlos. La copa vacía cayó de tus manos.

 

©  Leonor.R. Ferreras